Alex Anwandter ha variado los nombres en su labor: Teleradio Donoso (su segundo apellido) u Odisea. Ahora, por primera vez, expone su música con su propio nombre, en la recientemente distribuida placa Rebeldes. ¿Se trata de una obra de búsqueda, o más bien de madurez y de auto-reciclaje?


Por Pablo Fante

En comparación con el primer disco de Teleradio Donoso, Gran Santiago (2007), el sonido (la calidad de la grabación, del concepto de la mezcla) se ha vuelto más complejo, más redondo. Dejando atrás el rock, Alex Anwandter se ha dirigido hacia la música bailable con sonidos electrónicos, como lo hiciera el patriarca Jorge González en los ochenta. Quizá el punto de equilibrio fue Bailar y llorar (2008), que unía lo espontáneo del rock con un cuidado mayor del sonido.

En Odisea (2010) desaparece la banda y los sintetizadores ganan la batalla. Da la impresión que el músico-productor se agotó de cumplir también un rol de manager y se absorbió en una unidad: es su propia compañía. En la carátula de Odisea, aparece solo en mitad de una estación de bencina: sólo entre las máquinas y sus formas rectangulares, las luces de zinc; solo entre cuatro pilares que parecen un cuarteto de rock cristalizado en estatuas de sal.

Con Rebeldes (2011), Alex Anwandter ya no va hacia lo electrónico: está variando dentro de ese sonido al que ya llegó. Sonido en que se unen dos factores conscientes, nos parece: un gusto musical y un objetivo de ventas.


Comercial en música quiere decir, en parte, que el productor (en este caso, el intérprete-compositor-productor Alex Anwandter, en conjunto con Cristian Heyne) ofrece un sonido plástico que sonará siempre fuerte y equilibrado, y que será siempre fácil de bailar, sea cual fuere el contexto (buena o mala amplificación, un equipo casero o la red de parlantes de la multitudinaria discoteca Blondie). Beat y melodía.

El uso de máquinas electrónicas antes que sonidos acústicos (piano, guitarra, batería) facilita la estabilidad sonora, y además el trabajo individual (no se requiere de un grupo para grabar). El principal sonido acústico es la voz, emotiva y hecha de lenguaje. Alex Anwandter es su propio corista y su voz se multiplica en coros con textura épica de sintetizadores, como gusta la tradición pop ochentera.

Este objetivo comercial de estabilidad sonora se une al objetivo propiamente musical de hacer bailar, hacer gozar la música. En el fondo, consideramos que se trata del disco de un productor: de una obra musical, pero asimismo de un producto.


Si nos centramos en las letras (el mensaje), podríamos concluir que Alex Anwandter quiso expresar el conflicto que implica hacer pop hoy, volviendo a los ochenta y sin embargo aprovechando recursos electrónicos nuevos.

El single, “Tatuaje”, conlleva de esas letras inconfundiblemente kitsch del pop: “Luz de neón / pensando en ti”. Algo recuerda el tono nostálgico de Teleradio Donoso y sus referencias al pasado perdido: “éramos tan distintos”. Si en Gran Santiago este tono contrastaba con la alegría del rock british, en Rebeldes la nostalgia se condensa en agridulces sintetizadores. En el tema “Rebeldes”, justamente, se trata de no cambiar: “Quiero estar contigo para siempre”. O, más explícito: “estoy pegado hace rato”.

A nuestro parecer, el primer tema del disco, “Cómo puedes vivir contigo mismo”, es el que mejor puede funcionar como single bailarín, en la estela de Jorge González. Es de esos temas pop con bases pegadas, el sonido de bajo Roland TB-303 y ciertos teclados, en especial al final, que emulan la sección de cuerdas de la música disco. La diferencia con González es el alcance de las letras: el ex-Prisioneros siempre dialoga con la sociedad, siempre encierra una ironía ante la hipocresía y en el fondo nos invita a la rebeldía.

En cambio, Rebeldes es un disco depresivo: “No estamos contentos, / no es tan fácil cambiar la mirada. / Nos olvidamos por un segundo / que el sol afuera brilla sólo para algunos. / Felicidad, se me escapa de las manos. / Felicidad, si siempre se va.” La lectura social (“sólo para algunos”) es más rebuscada. Alex Anwandter se centra antes en las relaciones amorosas fallidas porque “dos personas nunca son iguales”.

Por ello, si el título Rebeldes es plural, nos parece más bien que el disco es individual y lo contrario de la rebeldía. Es la búsqueda de hacer parte de un cauce: de participar del pop chileno actual –pensamos en Javiera Mena, cuyo productor ha sido también Cristián Heyne. En ese sentido, más que una variante dentro de la obra de Alex Anwandter, se trata de una variante dentro del pop nacional. Asumiendo los nuevos horizontes sonoros explorados por músicos como Ricardo Villalobos, el pop chileno refresca los años ochenta.






Rebeldes by alexanwandter
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Jorge Baradit y Martín Cáceres son los creadores de Policía del Karma, novela gráfica que acaba de lanzar Ediciones B. Con una edición de lujo este libro, que pasó por un extenso y complejo proceso creativo, logra dar un aire fresco a lo últimamente publicado en Chile entregando una ventana de originalidad -que la necesitamos- a nuestra literatura. En este texto, el autor de Synco e Ygdrasil nos comenta sobre cómo fue montar PDK. Una especie de raro Back Stage de su última obra. Además, tenemos un ejemplar de PDK para regalar, sólo hay que estar atentos a nuestro Facebook.  




La Muerte No Existe
Por Jorge Baradit


PDK comenzó a dibujarse como un boceto vago, a partir de una línea en YGDRASIL, luego derivó en cuento, extendido en tratamiento para una serie y finalmente devino guión de novela gráfica. Al comienzo la historia era una anécdota y a través del proceso de canalización y acumulación que regularmente utilizo en mis textos terminó ampliada en una guerra de características descabelladas peleando entre los pliegues de la realidad.



La idea se estrelló contra Martín Cáceres, con quien convinimos en imaginar un retrofuturo donde SYNCO habría triunfado sobre nuestros paisajes. Una exacerbación de la idea de Chile como parte de un continente que no discrimina ni desecha nada, solo segrega o actúa por acumulación. La tecnología obsoleta conviviendo con la de punta en contextos a veces feudales, a veces incluso indígenas. Un retrofütur-soviet-chicano-chamanista. Donde la muerte no existe.

Martín tuvo el nervio para realizar acercamientos macro y micro al detalle característico y la investigación de contexto, trabajo poco usual en nuestro medio. Decidió que la capucha de ciertos personajes iba a ser la que usaban los tanquistas soviéticos del T-34, o que tal fusil debía ser el de asalto norteamericano de la guerra de Vietnam, o que esa lacrimógena y ese auto, esa citroneta 1964, ese Chevy '57, los rayados murales de la Ramona Parra y el aviso de Geniol y el Sherman en servicio en la Guerra de Corea, o el rostro de un niño secuestrado y muerto en la memoria de los chilenos.



Mis objetos son como Tetsuo en AKIRA, incapaz de dejar de absorber, devienen monstruos que explotan, que pierden las formas pero no su coherencia interna aunque se  intuya oblicua o escritura automática de esquizofrénico con manía persecutoria. Mi órgano creativo es un agujero negro que atrapa en su órbita todo tipo de alucinaciones y pesadillas, para absorberlas e integrarlas al Cosmos que se está produciendo en su reverso. PDK es eso, un organismo en proceso de degradación acelerada, derrumbándose hacia su forma definitiva como la escultura de Miguel Ángel por la ladera de la deconstrucción y el parche, la desintegración y el alambrito para amarrar las cosas. El golem tecnológico amalgamado con chicle, cuerda e intuición de astronauta chileno. La escultura de precariedad y acumulación latinoamericana, apenas sosteniéndose en el horror del borde, el mareo de la bodega oscura y el modelo obsoleto.

PDK es un organismo hecho de la memoria de muchos colaboradores, sosteniéndose en el vacío de las múltiples plataformas que lo sostienen. Como un hombre con su cerebro en un lugar y sus órganos desperdigados por toda la clínica, o matadero húmedo, pero aún funcionando y respirando, pensando, agonizando, llamando a los ojos que ve en la niebla, al comandante compañero o al niño que será en la siguiente vida.

PDK es una trampa, dice que la muerte no existe pero sabemos que no es verdad. Porque ni siquiera hay una en realidad. La percepción es otra trampa antigua, ni siquiera estamos aquí. Pero la PDK lo sabe y administra esa verdad en sus búnkeres malolientes. Debajo de todo.





¡Concurso!


En Pointzine.com te regalamos Policía del Karma, de Jorge Baradit y Martín Cáceres. 


¿Qué tienes que hacer?


1.- Dale "Me Gusta" en el Facebook de Point Magazine.-


2.- Postea en tu perfil este Back Stage de PDK (mencionando @Point Maganzine  para así poder enterarnos) y cuéntanos por qué te deberías llevar Policía del Karma a tu casa.-


Pointzine en Facebook: http://www.facebook.com/pages/Point-Magazine/119113614785341
Sólo eso y ya estás participando. 
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Con Daniel Hidalgo nos juntamos en Baquedano, caminamos por Constitución hasta llegar a una pizzería. Le pregunto si estará en la Filsa, y me dice que no, que no lo han invitado. Es bajo, con cara entre joven y adulto. Tiene 28. Sus comentarios son claros y pareciera que al responder cada pregunta no tiene miedo al qué dirán. Sus respuestas son punk. Su último libro se llama Canciones Punk para Señoritas autodestructivas. Los cuentos ocurren en Valparaíso; en una ciudad porteña alternativa, pero real. Pedimos pizza, cervezas y empezamos a conversar.



Por Cristian Ortega Puppo

Acabo de terminar de leer su libro y tengo la cabeza llena de preguntas que me gustaría hacerle. Me gustó el tono y el paisaje que logra de una ciudad que todos conocemos. Valparaíso se huele distinto pero en nuestro interior sabemos que es el mismo. Eso preocupa. Quizás siempre estuvimos equivocados, quizás siempre hemos visto Valpo como turistas. Quiero saber cómo se le vienen las ideas a la cabeza. Quiero saber quién dice la verdad.

¿Cómo agarras la idea y la terminas haciendo un libro?
En el caso de este libro, es básicamente robar mucho. De múltiples formas. Hay mucho de música, por eso me interesa que hubiera un referente musical ahí. Trabajé mucho escuchando y analizando canciones para ver cómo se iban construyendo las historias, y descubriendo otras historias detrás de esas palabras también. El cine, también. El libro tiene mucha relación con películas y con obsesiones que yo tenía. Hay que gente que le molesta el nivel de cercanía que tiene uno de los cuentos con la película “La ciudad de Dios”. Y yo nunca he negado que esa película me gusta mucho, la he visto un montón de veces, la paso como profe en el colegio. Además soy un tipo que no se avergüenza de tomar un plano más cercano a lo documental y lo autobiográfico para poder producir. Hay muchas noches de rock acá. Me interesa mucho la figura del rockero mediocre que quiere tener una banda y que no lo logra, no logra hacer plata con esta cuestión y se queda ahí. Estancado.

¿Cómo llegaste a Daskapital, cuál, es el proceso de un escritor joven para publicar?
Le debo mucho a los blogs y a las redes sociales, porque me ayudo a llegar a cierta gente en Santiago que posteriormente tuvieron proyectos editoriales, como es el caso del Camilo Brodsky, al que conocí como bloguero y después descubrí que era poeta. Después descubrí que era el sobrino de Bertoni, por ejemplo. Él me pidió un libro, el que trabajamos en conjunto casi un año, y le gustó al final. Además, es un emprendimiento editorial súper pequeño. Una empresa familiar, casi. Entonces, él sí tuvo la garra, la fuerza de invertir en este libro de un tipo absolutamente anónimo acá en Santiago y anduvo bien.

El año 2007 recibió el Premio a la Creación Roberto Bolaño. Un premio que también ha distinguido a Diego Zúñiga, Cristóbal Carrasco, Romina Reyes y a Antonio Díaz Oliva. Reconocimiento que se ha convertido en uno de los más importantes de las letras jóvenes de nuestro país.

¿De qué forma crees que ha aportado el premio Roberto Bolaño a esta oleada de nuevos narradores chilenos?
Hasta hace poco pensaba que este premio estaba muy sobredimensionado. Porque me di cuenta que el premio no le importaba a nadie más allá de dos o tres amigos que después se lo ganaron concursando y concursando. Yo no creo que este premio marque pauta, sino que es tan poca la gente que está escribiendo, que no son más allá de seis o siete nombres que están empezando a escribir, que en realidad la instancia de poder ganarse ese premio, que es un premio fácil de ganar, fue aprovechada por éstos.

¿Es tu interés llegar a una editorial más grande, con mayor distribución?
Me siento muy cómodo trabajando con una editorial independiente. Y, de hecho, si hay posibilidades de salir fuera, ojalá sea con editoriales independientes. No me interesa, por lo menos ahora, trabajar con grandes editoriales. Porque he visto a amigos que están publicando en grandes editoriales y en realidad están abandonados ahí. Ganan lo mismo o menos que yo firmando por la editorial. En este momento creo que hay una jugada mucho más interesante en las editoriales independientes. Ahí se las están jugando todos. O sea, está su inversión ahí. No están trabajando como hongos alrededor de la venta de la Isabel Allende ni de Hernán Rivera Letelier, sino que están jugándosela toda con la venta de sus autores.

A propósito de Isabel Allende, ¿qué piensas de nuestra Premio Nacional?
A mí me encanta. No sé si daba para un Premio Nacional. O sea, no creo que algo dé para un Premio Nacional, porque creo que es un artilugio político. Es un premio político. Es una recompensa al mejor soldado cultural del gobierno. Pero con ella no tengo mayores problemas. Puedes odiar mucho a la Isabel Allende, pero ella se está leyendo, a diferencia tuya que nadie te lee.


En los libros de Hidalgo puedes encontrar un mix de autores y referentes de todo tipo. Desde Foster Wallace hasta Manuel Rojas. Desde Hemingway a Yeah Yeah Yeahs. Todos están metidos en la juguera. Aun así, la voz propia de este joven escritor está clara. Sabe lo que hace y los cuentos mantienen una tensa calma. Una calma que siempre termina por sorprendernos. El ritmo y el manejo que Daniel Hidalgo muestra en su prosa hace que este libro pareciera estar escrito por un experto.

¿Cuáles son los escritores que te han movido la teja?
Yo soy un agradecido de un profesor que me hizo leer a Manuel Rojas de muy chico, y Manuel Rojas a mí me voló la cabeza. El anarko punk de la literatura chilena más radical que hay, eso nadie en la actualidad ha podido revocarlo de ninguna forma. Me interesa no sólo cómo abordó lo marginal, sino cómo reconstruyó Valparaíso. O sea, ¿cómo narrar a Valparaíso después de Hijo de Ladrón?. A García Márquez también, que lo leí en la enseñanza media. Me fascinó Cien años de Soledad. Lo que me fascinó de Cien años de Soledad es que sentí que todo el tiempo que era un juego de rol. Bolaño, por supuesto, aunque no me gusta mucho hablar de Bolaño. Rodrigo Fresán también, quien me interesa como observador y documentalista de la cultura popular, principalmente de la cultura del rock. Yo creo que por ahí están los que me formaron con lector.

Existen nuevos autores que están haciendo ruido. Quizás no son muchos. ¿Cuál es tu relación con estos nuevos escritores?
Uno siempre se cuestiona si encuentras buenos a tus amigos porque son tus amigos o porque si son realmente talentosos. Y como yo vengo de provincia, me hice amigo de gente que encontraba talentosa, y he confirmado mi admiración a la vez que he formado una amistad con ellos. En el caso del Diego Zúñiga, del Antonio (Díaz Oliva), del J. P. Roncone, de Pablo Toro. Es feo que en las entrevistas nos estemos mencionando todos, pero creo que es una realidad. Y por favor, si aparecen otros autores, acérquense.

Además de escritor, Daniel es profesor de lenguaje. Hace clases en colegios y le ha tocado vivir en carne propia el conflicto de la educación que hoy vivimos. Hidalgo habla sobre el rol que debería cumplir un escritor.

“Tú tirái un comentario (en twitter) y te tiran mala onda para tratar de hacer un gallito intelectual que a mí no me interesa. Y, claro, la generación que está antes es súper peleadora. Y confunden mal el término de pelear. O sea, pelear no debería ser entre nosotros, sino que contra cosas más graves. Curiosamente los escritores están callados con el tema de la educación, siendo que para mí la literatura es crucial en el tema de la crisis educacional. La literatura ha sido sacada de los colegios, la idea de leer ha sido sacada de la sociedad actual. Yo no veo a nadie que esté opinando de eso”.

¿Qué estás leyendo ahora?
Terminé el libro de María Paz Rodríguez, El Gran Hotel. Me pareció un libro interesante, más allá de si yo hiciera ese tipo de literatura, una literatura más del corte experimental. Hay buenos chistes. Hay un par de episodios bien divertidos. Leí El Horror de Berkoff, de Francisco Ortega. Yo creo que es como Baradit, en el sentido de que están haciendo un canon aparte de todo lo que está pasando literariamente, y que no están ni ahí con el resto, lo cual uno lo agradece mucho como lector. O sea, Baradit está sacando un libro por año. Y ellos, probablemente, en las clases de la universidad no estén tomados en cuenta por ninguna parte. A diferencia de Zambra, por ejemplo, que está publicando bien, sacando libros buenos, pero ellos tienen una voluntad de rehacer el canon que lo veo en gente como Francisco Ortega o Jorge Baradit. O el mismo Álvaro Bisama. En realidad no están ni ahí con lo que está pasando alrededor. Eso me parece divertido, es interesante esa jugada.


Lo último: si tu libro es tan punk, ¿por qué la foto de la contratapa es tan pop?
Aparte la foto como que se pixeló, no sé qué le pasó.

Y además con mochila.
Y estoy con patillas y pelo largo. Lo de la mochila fue muy raro porque ese día hice un pituto, me tocó entrevistar a Ataque 77, para Paniko, y también la entrevista fue con mochila. Y un amigo grabó la entrevista. Después me decía “¿pero cómo un entrevistador va a estar con mochila?”. No me saqué nunca la mochila. Me cuesta sacarme la mochila.
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Leerles a los niños de ocho años hacia arriba los “Cuentos de la Selva” del escritor uruguayo Horacio Quiroga es una experiencia potente.  Es difícil encontrar un libro mejor  que éste como puerta de entrada a la Literatura grande, de verdad. Entrar al arte  total de la palabra por la puerta ancha.   Y es que Horacio Quiroga  es un gran escritor, y sus Cuentos de la selva  son eso que llamamos clásicos, es decir que han sido elegidos democráticamente para perdurar en el tiempo, por generaciones de lectores cultos  y sensibles. Y digo leerles uno o dos cuentos y después ellos seguirán leyendo solos, pero es bueno entregarles este texto como un detalle, un regalo especial




Por Luis Alberto Tamayo

Un libro de referencia, de culto.Hoy diríamos un “imperdible”. Un libro cuyos personajes  y trama  son de dominio de todos y forman parte del imaginario común.  Ningún niño o niña  de Latinoamérica debiera  crecer  sin toparse con esa tortuga gigante que  lleva  en su lomo a un hombre moribundo y le salva la vida; ningún chico  o chica  debiera  desconocer  esa batalla fenomenal que se libra entre los tigres y las rayas  en El paso del Yaberibí, todos deben tener en su memoria esa lucha descomunal de los yacarés por defender su río.  Y en efecto , así es. Los cuentos de la selva gozan de un prestigio total, no fracasan jamás  a la hora de encantar niños y hacerlos lectores. Es que estos cuentos  nacen del amor,  del amor  de un padre hacia  sus hijos. Estos cuentos  no los creó Horacio Quiroga para hacerse famoso  ni para ganar dinero,  sino que los hizo simplemente para entretener a sus hijos al  lado del fuego, entretenerlos y  entregarles valores,  fortalecerles el alma para que fueran  por  el mundo siendo hombres y mujeres  de bien.



Hace cien años, en las oscuras noches de la región del Paraná, un hombre contaba cuentos a sus hijos usando de personajes a la fauna de la región. Los iba inventando a medida que narraba.  Entonces  estos cuentos son el puente perfecto entre la oralidad y la literatura escrita. Mientras leemos sentimos  la acariciadora  voz  del narrador.

Hace cien años no existían las palabras ecología  ni ecologista, pero Horacio Quiroga ya se daba cuenta de que si el hombre seguía ensuciando las aguas de los ríos con los motores a petróleo de sus  barcos, si contaminaba de  basura y ruido la tranquila selva, iba a terminar aniquilándola. Horacio Quiroga  alzó  su voz contra los  hombres que no veían nada de malo en pescar en el río usando tiros de dinamita.  Horacio Quiroga primer ecologista latinoamericano, un visionario.


*Luis Alberto Tamayo es autor de los libros "Caballo Loco, campeón del mundo", "La goleta Virginia" y el volumen de cuentos "Ya es hora". También ha ganado diversos concursos literarios. Además, es profesor de lenguaje en el Colegio Altamira
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En la imagen, el espejo refleja la cara de Cristóbal Briceño. Se parece a la escena de The Royal Tenenbaums en que Luke Wilson, con Ellioth Smith de fondo, intenta suicidarse. La imagen de Briceño, anticipadora de su proyecto en solitario, es también parte de ese mismo gesto común: solo en el baño, solo frente al espejo, decidiendo arriesgarse.


Por Cristóbal Carrasco

Briceño, vocalista de Ases Falsos y Los Mil Jinetes, partió hace un tiempo con la idea de buscar un proyecto solista. Comenzó colgando canciones de Luis Miguel o Madonna en una página de Facebook creada para la ocasión y fijó una fecha (el próximo 18 de noviembre, en la Sala Master) para lanzarlo.

- He tratado de guiar a mis pre-oyentes respecto a la sensibilidad del proyecto, que al final es mi sensibilidad personal, pero no creo que haya logrado más que confundirlos. He puesto puros temas diez puntos eso sí, no he recibido reclamos. Quién sabe qué resulte de todo esto, ¿no?... esa incertidumbre me energiza mucho.

Pero antes de eso, hace unas semanas, mientras grababa un set de canciones con Ases en la misma Sala Master, se quejaba con humor que seguía tocando en el mismo lugar desde hace ya cuatro o cinco años. Lo que parecía ser insuficiente en su otra banda, ahora es el ambiente más adecuado para el inicio.

- Creo que con los Ases Falsos, mismo caso con el tema solitario, aspiramos a mayores audiencias, a nivel latinoamericano incluso. Pero es difícil ampliar la casa y seguir siendo como nos gusta ser. Veremos qué pasa, a ver hasta dónde podemos salirnos con la nuestra. Digamos que si fuéramos carpinteros, nos hemos demorado en sacar el mueble porque lo estamos haciendo con buena madera. Ponle palo de rosa. Y tomando agua de estépalo, para la sed. 


* * *

Hubo un tiempo en que había una banda llamada Fother Muckers. La canción que iniciaba su discografía era «Fuerza y fortuna», un llamado a la esperanza desbocada luego de la derrota. Hay una fiesta, una chica baila y cuando todo termina, el narrador de la canción descubre que casi todo en la vida está hecho de fuerza y fortuna. Pero esa banda se acabó, quizás las intenciones que subyacían tras esas canciones también terminaron.

- No creo hacer una apología del fracaso, pero es obvio que el análisis varía dependiendo del auditor. Quizás tú tengas una fijación con la derrota, jaja.., pero hablando en serio, puede ser cierto que no sea muy "ganador" para mis letras, pero trato de ser relativamente equilibrado, hacer un retrato panorámico de las cosas que me interesan. 

Ahora, luego de ese término, los mismos integrantes comenzaron otra banda: Ases Falsos. Ya han presentado diez canciones en conciertos. El cambio de nombre, que ya ha sido explicado varias veces por los integrantes, ha supuesto otras variaciones. Pocas veces tocan acompañados por otros músicos, y hay algo  en el nuevo repertorio que dice mucho más que la modificación del nombre. Fuerza Especial o Información Sentimental duran casi siete minutos.
Nadie quiere a un encuestador, apenas pasa los dos.

- Es posible que nos hayamos aburrido de la duración estandarizada cercana a los 4 minutos. En el disco que estamos grabando, primer disco de Ases Falsos, abundan las canciones de duraciones radicales, o bien largas o cortitas.

Así tiende a funcionar Briceño, como si jugara a despistar. En Los Mil Jinetes, su otra banda, aparenta ser otro. Hay momentos en que parece ensimismado, como si prefiriera dar la espalda a sus canciones que, contradictoriamente, son más alegres, casi impregnadas por el aroma de un  día campo soleado en primavera. Hace más de un año, también en la Sala Master, Los Mil Jinetes tocaban Luna de día, una de sus mejores canciones, y Briceño, como cada vez que toca con ellos, permanecía sentado, rasgando la guitarra con violencia, justo en el momento en que la canción terminaba.

- Soy un obsesivo de los esquemas. Siempre ando con mi libretita anotando huevás, entre ellas un montón de listas de discos futuros. Eso me ayuda a organizar el trabajo bastante bien. Durante la composición, que es cuando hago la maqueta, ni me importa para qué grupo va porque estoy demasiado excitado grabando, el destino de las canciones lo pienso después. Y los grupos de trabajo que tengo con los Ases Falsos y con Los Mil Jinetes son tan distintos que solas las canciones van adquiriendo su personalidad diferenciada. Andrés Zanetta, mi compañero en Los Mil Jinetes, es un hombre muy especial, muy hogareño. Es más limpio y ordenado que la cresta, al menos para mí. Esto se refleja tanto en los pancitos con jugo que prepara como en su método de grabación, que es extremadamente minucioso y al mismo tiempo súper casero. Nuestra manera de trabajar es súper reservada y bien ajustada, de una mariconería muy agradable. El trabajo con Ases Falsos es mucho más de sala de ensayo y mucha puesta en práctica inmediata, siempre estamos tocando en vivo las canciones nuevas.


Fracasar Mejor

Dice Zadie Smith en el ensayo que da nombre a este capítulo, que el éxito, o el fracaso, depende no sólo de la disposición de los actos, sino de la disposición de la conciencia, lo que Aristóteles llamaba la educación de las emociones. Si eso fuera cierto, que las cosas no resulten no sería tan importante. En 2022, una de las canciones de Fother Muckers, el protagonista siente cierto placer al no saber qué hacer con la chica que le guste. Que sea difícil implica un trabajo mayor, implica volver a fracasar hasta ganar.

- Lo más lógico sería pensar que mientras más canciones haga más posibilidades de tocarlas y ganarme la vida tengo. De cualquier forma, no es una cuestión premeditada, es el ritmo de trabajo que me acomoda, el que me hace sentir tranquilo. La práctica va afinando el oficio, eso es seguro, pero no creo que el volumen de una obra garantice mayor o menor calidad.

Ahora, en solitario, Cristóbal Briceño lo intentará de forma distinta, con una banda tras él (no a su lado, tampoco parada mientras él toca sentado) llamada La estrella solitaria.  Como nuestra bandera, como la canción de Agustín Lara.

- Si me decidí a armar esta banda de soporte, La Estrella Solitaria, para presentarme como solista, es porque pretendo hacer algo completamente diferente a mis otros dos grupos. Quiero enfocarme en la interpretación vocal, acompañándola de una instrumentación apropiada. Para ello recurrí a Juan Pablo "Tucán" Wasaff, un baterista y corista finísimo, delicado y firme como esas toallitas hidratantes que vienen adentro de un sobre, mojaditas y aromatizadas. También me acompaña mi viejo compañero de armas Simón Sánchez, un bajista y cantante muy seguro que también hace las veces de ayudante técnico, medio boniniesco. El teclado es quizás la plaza más difícil de cubrir, pero creo que opté sabiamente por Pablo Gálvez, un señor que me recomendó el Mico Rubilar de La Reina Morsa. Su habilidad nos ha sorprendido gratamente. Y bueno, mi apuesta es el guitarrista Sebastián Miranda, el novato del año, un muy querido primo mío que tuve que sacar a la rastra de los Teletrak de la sexta región. Le tengo una fe islámica. A todos en realidad, los ensayos son desafiantes pero muy entretenidos y fructíferos. La semana pasada fuimos con Simón y Javiera, mi asesora de imagen, a comprarle la ropita al grupo. Fui con quince lucas a Patronato y creo que hice valer cada peso. Es primera vez que uso la ropa como otra dimensión del espectáculo. Casi siempre creo que ese afán vestuarista resulta estúpido, así que he pensado muy bien lo que estoy haciendo.

Y así estará, como en la imagen, minutos antes de salir a la Sala Master, mirándose al espejo, decidiendo intentar de nuevo, buscando nuevas maneras de saltar. 
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La semana pasada estaba, como dicen los gringos, “in a really dark place”. Fue luego de escribir y ver publicada mi columna que lo noté. Por suerte, esa misma noche vino mi amigo Fabrizio a verme y sirvió para despejar mi cabeza totalmente. Hicimos lo habitual, un par de cervezas, pizza, reírnos de su nombre de bailarín de axe, etcéteraDecidí también no continuar con el teaser de novela que publiqué la semana pasada. Recomencé por algo así como décima vez a escribir el proyecto, pero antes me había prometido empezar a ver la tercera temporada de Bored to Death. Al terminar me di cuenta que soy una especie de versión tercermundista del protagonista Jonathan Ames. No sé si han visto la serie, pero básicamente se trata de un escritor que quiere escribir su segunda novela, pero la inspiración no le llega y decide comenzar una errática carrera como detective privado sin licencia, ni experiencia. Está bien, yo no soy ni pretendo ser detective privado, tampoco es que ya haya escrito una novela. Ni si quiera puedo comenzar la primera. Pero hay algo en el personaje que me hace sentir representado. Tal vez esa es la magia de la televisión, y la razón por la que seguimos series capítulo tras capítulo cada semana. Si le dedicara el tiempo que uso en ver series y películas, ya habría terminado mi novela. Quizás me haría el tiempo para hacer ejercicios o conseguir una novia.



Por Adrián Rodríguez

Estoy soltero desde hace un poco más de un año, mi última pareja se llamaba Loreto y por consejo de Fabrizio no tengo permitido hablar de ella. Aunque sería injusto para ustedes que no les contara. Loreto era para mí, lo que la kriptonita era para Superman. O el color amarillo para Linterna Verde (en serio, ¿quién puede ser débil al color amarillo?). Solía caer y recaer continuamente a sus llamados, sólo para que al día siguiente Fabrizio tuviera que venir a sacarme de mi cama y subirme al ánimo a punta de chistes cochinos e insinuaciones homosexuales. A Loreto la conocí en la universidad, en ese tiempo era una persona totalmente distinta a quien es ahora. Era tímida, inteligente y sobretodo guapa, la gracia estaba en que ella no lo sabía. Nos hicimos muy cercanos desde el comienzo, salíamos juntos, tomábamos las mismas clases. Ella venía de una familia más bien adinerada y yo, bueno yo gastaba mi poco dinero en cafés, cervezas, libros y música. La relación creció rápidamente, comenzamos a salir juntos. Al cine, a conciertos o simplemente a caminar por ahí. Durante un semestre ella tomó un curso de fotografía en otra universidad. Yo no pude tomarlo, puesto que me coincidía con mi horario de trabajo en la tienda de discos. Ese curso vendría a ser el comienzo de los días más oscuros de mi vida universitaria.

Loreto cambió. Ya no era la misma. Salía más a menudo a fiestas con sus compañeros de fotografía. Y poco a poco fue dejándome a un lado. Yo nunca he sido un tipo celoso, más bien algo despreocupado en ese sentido. Esa despreocupación también colaboró en pensar que todo iba bien. Fue a principios del invierno del año pasado cuando, tomándonos una cerveza en un bar cercano a la universidad, Loreto habría de terminar conmigo. Para ser honestos, no recuerdo cuáles fueron sus razones, ni siquiera la escuché. Yo sólo fijé la mirada en la mesa mal cuidada, completa hasta su última esquina de frases rayadas con corrector. El Marco tiene la tula de un centímetro y metida en el culo del Eduardo, póngale nombre el niño: pistola de quaker, el que flota en la tina, chino tuerto. Trataba de concentrarme en todas esas frases, suponiendo que si no escuchaba a Loreto, nada de lo que me dijera tendría validez. Claramente no fue así, se levantó de la silla, dejó cuatro mil pesos en la mesa (hasta el final invitándome todo) y dejó el lugar con paso firme y decidido. No supe de ella en meses, cuando para el día 31 de diciembre de ese año, me llamó para saber cómo estaba. Hasta el día de hoy Fabrizio dice que me llamó sólo para saber si aún sufría por ella.
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Personal Fest culminó con INXS y Calle 13 en su jornada final. Pero el jueves fueron los The Strokes los encargados del sello dorado. Estuvimos ahí para contarlo. Julian Casablancas y cia. deleitaron a 20 mil personas sedientas de rock, bajo un calor insoportable en medio de una tormenta eléctrica. Después del salto, el reporte completo.


Por Mauricio Aravena Z

Alucinante. Los acoples iniciales fueron físicamente tocables para quien haya asistido al concierto de su vida y haya visto la música envasada con la cual comenzó el aterrizaje sorpresivo de The Strokes cuarenta minutos antes en el Personal Fest 2011. Seguramente la vio y la tocó, y supo que tenía un color neón fosforescente proveniente de los seis focos verticales que sencillamente, contrastaron y aumentaron la potencia que iba a ser expulsada sobre el escenario, breve segundos después con New York City Cops. Si Albert Hammnod Jr. iba a entregarlo todo, creánme que los asistentes lo hicieron elevando el puño y abriendo la garganta en el coro de recién, la primera canción.

Todo fue superado. Siguieron con Heart in Cage y posteriormente con Machu Pichu. Qué temón para calentar aún más las cosas. En el escenario la ejecucción fue extraordinaria. Cada cual hizo su trabajo con una humildad que pocas veces he visto en un concierto. Todos los integrantes muy receptivos a la efervescencia que existía en Club Geba San Martin, una suerte de Club Hípico más pequeño pero adornado como un carnaval; incluído un tagadá que en vez de techno se movió al ritmo de Moder Age, canción en la cual se lució Fabrizio Moreti en su batería. Qué entrega, qué resistencia, qué banda por la cresta. Discúlpenme la expresión pero escribo esto escuchando el concierto grabado y me repito cada momento vivido. Lo que ocurre es que no me fue posible perderme un segundo alguno de lo que ocurría en el escenario porque sabía que todo inevitablemente se iba a acabar. Y es justamente lo injusto de todo momento que uno no quiere olvidar: que acabe y todo vuelva a ser como antes.

Julian Casablancas no es el maestro de ceremonia. Es en cambio, el rockstar agoviado de todo mientras se pasea por el escenario como perro cansado de ladrar pero que sabe que cuando lo hace, lo hace en serio hasta morder. Como pocos. Y lo hizo cantando carraspadamente genial mientras disfrutaba del coro unísono tipo garra brava de las 20 mil almas que con un “ohh” imitaban los acordes de las guitarras de You only live once para rematar con Under cover of Darkness. En cambio, el encargado de dar las instrucciones que corresponden fue Albert Hammond Jr quién miraba cada tanto a Nikolai Fraiture y Nick Valensi, diciéndoles todo con el pie derecho y la uñeta en la mano queriéndola romper con cada riff. Afortunado el que al inicio del primer bis la recibió en sus manos para no perderla jamás.

Con el paso de las canciones me fui acostumbrando al poder de lo que vi. Me acomodé y me tranquilicé por el bien mío y los que estaban en mi entorno; el sudor me bañó por completo y el setlist elegido confabuló para que me mojara aún más. Resumo descaradamente: Is thist it, What ever happened?, Someday, You're So right, 12:51, Reptilia, Alone Together, Grastisfaction, Automatic Stop, Juicebox y Last Nite. Podría dedicar diez párrafos para describir la efervescencia de cómo el grupo completo hizo lo que sabe hacer. Podría pero no quiero por el bien de Pointzine y la paciencia de cualquier lector. Por el contrario seré breve ante la magnitud que difícilmente volveré a vivir a la espera de Arctic Monkeys en Chile: estuvo la raja y me siento un agradecido de haber estado ahí.

Los The Strokes remataron y cerraron con su insolencia acostumbrada el concierto de mi vida con Hard to explain y Take it or leave it. Qué alguien me diga lo contrario pero seré poco profesional para cerran esta reseña que me tocó escribir con lo siguiente: en la edad moderna que nos tocó vivir pocos verdaderamente sobreviven en el intento de trascender. Los millonarios que se jactan de rememorar una época que hubiera querido experimentar, como el sonido garage, lo hacen con conciencia de artista. No bastan las lucas, sino las ganas de crear. Los neoyorkinos lo hacen y creánme, lo hacen en serio.

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Damos la bienvenida al escritor y profesor Luis Alberto Tamayo, quien nos aportará semanalmente un comentario sobre alguno de los libros que están leyendo los más chicos. Hoy partimos con una reseña sobre el libro "El lugar más bonito del mundo", de Ann Cameron. Libro considerado obligatorio en varios colegios y que para muchos significó el comienzo dentro la exploración de la buena literatura. 


Por Luis Alberto Tamayo*

Este  libro, escrito por la estadounidense Ann Cameron, es una joya de esas que aparecen muy de tarde en tarde. Es un libro de esos que  enganchan a  toda la familia. 

¿Literatura para niños?  No.  Simplemente buena literatura. 

El fenómeno de la literatura  para niños,  hecha  a gran escala, es más o menos reciente.  Desde que  empezaron a sonar las campanadas de alarma de que los jóvenes no  estaban leyendo y se estaban produciendo generaciones de analfabetos por desuso,  las autoridades  pusieron en práctica medidas para lograr eso que según todos los entendidos, asegura éxito en el aprendizaje:  que los niños y adolescentes sean buenos lectores.

Junto  con eso aparecieron también las empresas editoriales a la caza del dinero de los padres que debían comprar los libros que sus niños debían leer por obligación. Ahí empieza la lucha entre cantidad y calidad de las lecturas . Y hay cantidad, mucha literatura hecha,  confeccionada a la medida para ser vendida a un grupo etario específico.

Surgen colecciones completas con autores que llegan a publicar varios libros por años. Producen libros  como quien produce salchichas. Sagas interminables.  Una cosa es clara, las editoriales  ofrecen más cantidad  que calidad.  

¿Cuánto deben leer los niños? ¿Qué deben leer? ¿Tienen los profesores tiempo suficiente para leer y escoger con calma y sapiencia las lecturas de sus alumnos?  La respuesta  a esa pregunta es simple:  en general no.  Entonces  cuando un profesor da  con un libro  que conmueve, un libro bien escrito  que ayuda a  conformar un dibujo certero sobre el mundo en que estamos insertos, entonces  hay que pregonar esa buena nueva.

Este  es el caso de esta historia. La historia de un niño pobre de Guatemala, un niño que tiene  todo en contra, su pobreza, el abandono, el aislamiento geográfico, la falta de modelos. Bueno, en rigor  no le falta todo, tiene una abuela, una abuela enorme, gigante, genial.  Gigante para amar; ella piensa  con la práctica del día a día, piensa  con la supervivencia, piensa  con su capacidad de amar.

Juan  es un niño resiliente. Resiliencia, le han  llamado los psicólogos positivistas a la capacidad, de una persona o grupo de personas, de seguir proyectándose en el futuro a pesar de las dificultades, la falta de oportunidad , la carencia de lo imprescindible.  Salir adelante a pesar de todo.  ¿Cómo se logra eso de ser siempre optimista? ¿Cómo se puede ser siempre positivo y mirar  el mundo sin rencores? Eso hay que preguntárselo a Juan, un niño de siete años y a su abuela. 

La enseñanza fundamental que nos regala este libro es qué "el lugar más bonito del mundo" puede ser cualquiera, pero será un lugar en que te traten con dignidad y puedas ir  con la cabeza en alto; el lugar donde hay gente que te quiere y que tú quieres.  La realidad latinoamericana ahí con  nosotros. Es una abuela como tantas,  memoria viva, la busca vida, la busca respuestas  a preguntas claras. ¿Por qué hay países tan ricos y otros tan pobres? , ¿por qué hay gentes que tienen tanto y tienen además el corazón tan duro?  Seguramente Juan,  su nieto, junto a muchos niños de Latinoamérica construirán respuestas acertadas a estas preguntas.

Una gran historia, un aporte a blindar el alma de nuestros niños y niñas.




*Luis Alberto Tamayo es autor de los libros "Caballo Loco, campeón del mundo", "La goleta Virginia" y el volumen de cuentos "Ya es hora". También ha ganado diversos concursos literarios. Además, es profesor de lenguaje en el Colegio Altamira
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Son 31 las versiones de la Feria del Libro. 31 años. Una vida entera. Para muchos tiene un significado especial, la compra de alguno de tus primeros libros, un paseo de fin de semana, conocer lo nuevo, etcétera. No excenta del caso queda nuestra columnista Romina Reyes, quien nos cuenta su relación de infancia con esta feria.
Por Romina Reyes

En los tiempos de la bonanza económica previa a la crisis asiática, el dinero alcanzaba incluso para la cultura. Sin saber todavía de tiempo ni estaciones, me vi arreglada de vestido y zapatos de charol con broche al tobillo para montar luego una micro amarilla y dirigir los pasos hacia la Feria del Libro versión 1995, en su quinceava edición.

Sin entender muy bien a lo que iba y apenas juntando sílabas para leer en un léxico donde la erre no lograba sonar, tomé la mano de mi mamá mientras mi padre se encargaba de guiar a mi hermana por esas calles con olor a pescado y gente oscura. Era tan lógico ingresar gratis entonces -y por tantos años lo fue gracias a triquiñuelas y favores políticos- que cuando por primera vez se condicionó mi ingreso a mi capacidad de pagar, me vi violentada por la rotura de una ilusión de infancia. Con el tiempo volvería a la feria año tras año como un paseo obligado de noviembre, junto a distintas compañías y con distintas intenciones, pero siempre con la esperanza de envalentonarme de una vez y guardar un libro sin permiso en protesta al alto impuesto que restringe la “cultura”.

El mismo hogar de los dinosaurios animatronics se convirtió entonces en una casona llena de libros ordenados en sus feudos. Mis padres se repartían las manos mías y de mi hermana para no perdernos mientras nos adentrábamos en aquella vieja estación de trenes. No éramos de los que teníamos una casa lleno de libros ni llena de discos ni llena de nada, pero sí teníamos montones de cajas con cassettes pirateados y grabados de la radio y torres de carpetas con papeles que mi mamá archivaba sin la intención de volver a revisarlos jamás. Tal parece que el forastero y la hija del obrero no cargaron con libros en su camino a la adultez, y esta era la ocasión de comenzar a buscarlos.

Del paseo, poco recuerdo mas que los dulces que comí y quizá el deseo de poseer varios de esos cuadernos de tapa dura que se perdían con el paso de un stand a otro. Mi madre se detenía, hojeaba libros y los soltaba sin decidirse, evaluando la calidad con el precio y la necesidad. Aquella frustración nunca cambiaría, la misma sensación de ir a pasear a un mall, a transitar entre vitrinas a admirar la libertad de decidir sin tener los medios suficientes para hacer válida aquella decisión. Pero de pronto y casi al término de la jornada, mi mamá decidió abrir la chauchera para comprar un diccionario de la Rae que hoy por hoy, viejo y desprendido de sus tapas duras, sigue abultando una repisa humilde de otros libros con sus hojas siempre a punto de desprenderse y sus conceptos subrayados durante los años previos a que se popularizara la rae.es. Pero ese año, en la primera feria, mi mamá escogió ese diccionario entre tantas ficciones y lo ubicó en un mueble de mimbre junto a sus otros papeles inaugurando una biblioteca que tendría más libros comprados en ferias de barrio que en ferias del libro. Y con ese diccionario, dimos paso a las palabras antes de entrar en la lectura
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Se acaba de estrenar Música Campesina, película que consiguió el premio al mejor largometraje nacional en el Festival de cine de Valdivia. Fuguet siempre ha perseguido historias. Partió escribiendo libros, hoy hace películas. No cree que una cosa sea mejor que la otra, aunque siempre quiso ser director. Alberto escribe y dirige, es un bilingüe en su planeta que intenta mostrarnos la realidad a como dé lugar.


Por Cristian Ortega Puppo

He leído que la filmación de Música Campesina se hizo al estilo “guerrilla”;  grabando sin permiso y arrancando. ¿Fue tan así?
Se mitifica mucho, porque de arrancar arrancamos una vez, nos agarramos a chuchás en otra y en otra tuvimos miedo que  nos mataran porque estaban vendiendo crack. Pero no era guerrilla pura. Sí la idea de no pedir permiso, pero a veces  lo pedíamos. Tiene algo de sentido común. Si me meto a tu casa sin permiso sería tonto, es mejor preguntarte si me prestas tu pieza. Pero en un parque me parece que no hace falta pedir permiso

Fuguet habla de lo importante de las locaciones. Las encuentra tan importantes como el guión. Una vez, publicó una columna que debatía sobre si era más importante el guionista o el director. Fuguet es un observador. Puedes amarlo u odiarlo, pero no está en discusión que tiene el ojo afilado de un narrador para encontrar los engranajes de la sociedad y reproducirlos en sus libros y películas. Personajes solitarios, pero que no están muriendo ni sufriendo. O por lo menos no sufren más que cualquiera, aceptémoslo. Tú, yo, el del lado, el de la micro, el del auto; sufren. Lloran. No hay una obra de Alberto en donde los personajes no hayan sido felices, aunque sea por un instante.

¿Estuviste mucho tiempo viendo locaciones antes de grabar Música Campesina?
Yo no conocía Nashville. A medida que iba conociendo la ciudad, se iba armando el guión y me iba entusiasmando de lugares.  Yo iba conociendo distintos barrios, barrios en los que mi equipo nunca había estado. Las locaciones es un tema que me fascina, de hecho estoy haciendo un documental llamado “Locaciones”.  Me gusta la palabra, me gusta el significado, me gusta  descubrirlas, me gusta conocerlas. No me gusta el sistema nuevo,  hollywoodense, que aquí en Chile también se ha practicado, que se llama location scouting, en donde uno contrata a alguien para que te haga las locaciones. Es como tener un niño y mandarlo a criar a otra parte.

En Nashville se grabó Música Campesina y Nashville también es una película (de 1975, dirigida por Robert Altman). Le pregunto a Fuguet si con la película se había hecho una imagen previa de la ciudad:

Ni siquiera tanto, porque vi Nashville un par de semanas antes de volar.

Entonces: Alberto Fuguet tiene la posibilidad de grabar una película en Estados Unidos, en una ciudad que no conoce. Arma un guión, el que perfecciona  mientras está grabando. Se va enamorando de los lugares, se va imaginando la película a medida que ve lugares que le parecen acordes. Incluso su equipo –básicamente compuesto por gringos- no conocen la mayoría de los lugares donde realizan las tomas.

¿Podríamos decir que terminaste haciendo una especie Lado B de Nashville, sin querer queriendo?
Hice un Lado B sin querer queriendo, o queriendo un poco. Porque uno no es tan tonto y uno capta. En el mismo hotel donde estaba alojado Pablo leímos esos folletos que dicen “Visite el Jardín Botánico”. Obviamente filmamos un poquito en el barrio de los turistas, pero la película gustó mucho estéticamente y encontraron que fue filmada con cariño y que este Lado B no era un Lado B en el sentido sórdido. Nunca fue la idea de hacer porno-miseria, que es algo que yo critico que hacen los norteamericanos con Sudamérica, es como “¡Vayamos a Río a filmar las favelas!”.

Pablo Cerda es el protagonista del corto 2 Horas y de los largos Velódromo y, ahora, Música Campesina. Cerda muestra en las películas la voz que me imagino cuando leo un libro de Fuguet. Creo que logra representar lo que el guión -y la historia completa- intenta. O sea, lo que el guionista tiene en la cabeza. Hacen una dupla, como las duplas más famosas que existen en Hollywood. ¿Cuánto sabe Alberto Fuguet de Pablo Cerda?

Creo que Pablo es un actor de puta-madre, tiene nivel internacional, acaba de mandarse un rol casi todo en inglés, es capaz de tener humor, es un tipo que tiene buena pinta, pero no tanta como para asustar a los hombres. Es como que las chicas se lo quieren follar, pero los hombres quieren tomar cerveza con él, o ser amigos de él. Yo creo en las estrellas de cine, y me he criado en esa moral: Paul Newman, Steve Mc Queen, hasta Stallone, incluso. Uno va a la película por el actor y el actor tiene que llenar la pantalla y te tiene que caer bien y Bruce Willis tiene que ser capaz de tirar la talla entremedio de los músculos. Conozco las voces de Pablo, sé lo que da, lo que no da. Hay muchísimas cosas que me atraen de él: es un amigo, confío en él, hemos viajado, es alguien importante en mi vida, tenemos el mismo humor, el tipo es cinéfilo (que es muy raro en un actor) no pajero. La última vez que estuve en Estados Unidos me encargó un afiche original carísimo de Enter the Dragon de Bruce Lee. Es alguien que está viendo todas las películas por Torrent, en eso se parece mucho a Ariel Roth. Es campeón de Hiki do. Y entonces gracias a que conocemos las mismas películas y tenemos gustos parecidos es más fácil dirigirlo, no sólo porque le puedo mover una ceja y él sabe lo que yo quiero decirle, él ya entiende como yo hablo, él también habla parecido a como yo escribo. Y también, a veces, yo le digo “hazme un Travolta en Estallido Mortal, escena final”, y Pablo en un segundo sabe lo que significa estar como John Travolta al final de Estallido Mortal, de Brian de Palma. Otros actores me dirían “¿cuál es la motivación?”, y en este caso habían dos chistes, y Pablo lo ha dicho también: No había tiempo para estar motivado, la única  motivación era el café y el Red Bull. Teníamos que sacar adelante la película y no había tiempo para esas pajas, que a veces son importantes y a veces no, porque el rol también se parecía un poco a Pablo. Es la historia de un tipo, un chileno, que está en una ciudad que no conoce. Era parecido a él y parecido a mí. Me parezco harto al personaje en este sentido. Si bien yo sé mucho más inglés que Pablo y que el personaje, yo nunca había estado en Nashville, no tenía a nadie de confianza con quien empezar a armar un lazo que me ayudara para presentarme.


Hace unos días un actor me comentaba que le daba más miedo estrenar en Chile que estrenar, por ejemplo, en Cannes. Él creía que la crítica lo iba a hacer pebre casi por necesidad. ¿Te pasa algo así?
Me pasa algo parecido, no tan exagerado. Yo no diría muerto de miedo. Es como presentarle tu  novia primero a tus amigos y después a tu familia. Tiene algo que ver con eso, que al final es la gente más cercana a ti, y como dicen: la única gente que te va a herir es la que te quiere. Porque los que no te conocen no te van a herir, o a lo más te pueden molestar. Para mí es muy importante lo que yo llamo el síndrome “Ariel Dorfman”, -que es algo que yo por suerte siento que ya no lo tengo- que es como tener buena crítica en el exterior y no tenerla acá. Yo siento que aquí tengo un cierto público y cierta gente que se interesa por mí. Sé que no siempre la crítica me ha tratado bien, pero por suerte se ha compensado con eso. Me parece que aquí, en el país de uno, es donde realmente está el ruido de toros. Porque el público es un público que entiende realmente los códigos, los subtextos, conoce a los actores, conoce el idioma y ven si es impostado o no. Y a mí me interesa, más allá de la crítica que sea positiva, que el público la entienda. Si bien quiero hacer películas que puedan funcionar en todo el mundo, el público que más, más me interesa es el local. Y el local, además, de esta época.

¿Qué tipo de gente, de edad quizás, te das cuenta que tiene más feedback contigo, con tus películas y libros?
El estereotipo dicen que es joven. Yo creo que eso es relativo. Joven también es una palabra que ha cambiado. Joven, antes, era no afeitarse. Ahora yo creo que es más una forma de ver la vida. Ahora, en términos etarios supongo que ha ido mutando. Lo capto que con algunos libros míos, por ejemplo Mala Onda, que tiene lectores menores que el libro. Creo que gente puede enganchar desde los 16 a 60. A partir de los 30 para arriba es gente como Ariel Roth, en el sentido que no se creyó el cuento de la adultez. Saben que siguen siendo un poco adolescentes o pendejos en su mente, saben que probablemente viven peor que sus padres. A mí me encanta, me fascina esta cosa que estamos viviendo actualmente en que los adulto-joven de 30 ó 40 compiten mano a mano con los de 20; en ropa, en minas, en drogas, en modas, en quién es más flaco. Yo cuando tenía 20, los de 40 eran señores que uno saludaba de “usted”. Y hoy los de 40 usan tatuajes y se desnudan en público y usan aros y van a recitales. No estoy diciendo que eso es malo o es bueno, pero es curioso. Mi público es urbano, joven en el sentido que es curioso, que está abierto a cosas nuevas que no vive encerrado, o muchos viven encerrados, pero están conectados al mundo a través de los nuevos formatos de comunicación y que creen en lo que yo llamo “La Santa Trinidad”.

¿Cómo es eso de La Santa Trinidad?
Antiguamente, cuando yo salí a la calle con mi primer libro, los libros eran una cosa, el cine era otra y la música era otra. Y la música, obviamente, era música clásica. Y la gente que escuchaba rock eran drogadictos. Yo creo que eso ya ha cambiado, pero todavía queda. Todavía hay suplementos, hay críticos, hay gente que lee y que jamás se le ocurriría ir al cine, o si van es por panorama, o lo ven como un arte menor para entretenerse. Y viceversa. Hay un montón de cineastas que no leen porque les da lata o porque no les interesa. Yo creo que mi público es un público que cumple con esas tres cosas.

Cuando ganaste en Valdivia, dijiste algo así como que siempre quisiste ser cineasta y que ser escritor te llegó de rebote. Según lo que me acabas de comentar, es más bien ser bilingüe que elegir entre una cosa u otra, ¿no?
Alguien me dijo “me insultaste”. Pucha, si tú sentiste esto, te pido perdón y jamás se me ocurrió hacerlo. No es que yo esté insultando a mis libros ni a mis lectores. Pero también uno tiene que ser sincero. Hay muchos niños de ocho años que quiere ser bombero, o policía o futbolista o astronauta. Yo diría que a los 8, 9, entre otras cosas quise ser director de cine, o estar ligado al cine. En Estados Unidos me crié en un barrio de mucho técnico, no de artistas de cine, pero de mucha gente, de padres de mis amigos que trabajaban en la industria, como iluminadores, en maquillaje, en catering, en la periferia de la industria del cine. Íbamos muchísimo al cine. Veíamos dos películas y después nos cambiábamos de sala y veíamos otra gratis. El cine era parte de mi discurso. Y después, cuando llegué a Chile y perdí el idioma lo que más yo veía era cine. Me costaba leer porque no conseguía libros en inglés y el idioma castellano me costaba. Por lo tanto, a mí no se me ocurrió ser escritor, como a tantos escritores que conozco, y que admiro, como Vargas Llosa –Vargas Llosa quería ser escritor desde los 8-. A mí se me ocurrió recién la idea de ser escritor cuando alguien en un taller literario le gustó algo mío, el segundo año de periodismo. Y cuando un profesor me llamó a su oficina y me dijo que yo iba a repetir porque inventaba mucho y que le metía mucho cahuín a mis artículos y que esto no podía ser así, porque el periodismo decía la verdad. Lo que me provocó gran risa, porque además esa era época de dictadura. Él no pensaba que era tonto, sino que simplemente era rebelde, me dijo que yo escribiera los artículos con la pirámide invertida y que paralelamente escribiera cuentos, y ahí recién se me ocurrió. Me pudo haber dicho practica karate, o practica pintura, o acuarela, no sé, y a lo mejor le hubiera hecho caso y ahora sería acuarelista.

¿En qué momento fue la escena en que José Donoso te echó de su taller por no saber quién era Dostoievski?
El segundo año de periodismo yo quería hacer nada. O hueviar, o ser crítico de cine o tratar de pasar los cursos. Lo típico del estudiante patán de periodismo, porque ya estaba muy decepcionado de periodismo, me parecía que era muy fome y no entendía la materia, y no me enseñaban los artículos que yo quería escribir. Ningún profesor me calentaba y me enseñaban cosas que yo no entendía nada, como el significado del significado del significado del significado. En junio de ese año conozco a una mujer mayor, y ésta me dice que Donoso tenía un taller nuevo, que estaba buscando gente y que me invita al taller. En septiembre ya estaba metido como en la Selección. Y me echaron en octubre. O sea, en cuatro meses tuve una vida literaria en que febrero de ese año jamás pensé que iba a ocurrir. Pero me quedó gustando, y me puse rebelde, y fue en ese instante vi La ley de la calle, después de la gran pelea que tuve con Donoso y eso hizo darme cuenta que, si bien Donoso era mucho más famoso que yo, mayor que yo, publicaba en España, era respetado, era un escritor que yo no entendía del todo, pero que sí era muy muy inteligente, culto y que había leído muchísimo más que yo; quizás podía estar equivocado. Y yo podía tener esa libertad interna, para decir “Donoso puede estar equivocado”. Más allá que sea brillante. Esa película me salvó la vida. Porque cuando Donoso te echa, y alguien importante te dice que no eres escritor, no tienes nada que aportar a la cultura y eres un chico rebelde y tonto, lo lógico es hacerle caso. Pero cuando vi La Ley de la calle, que era una película sobre teenagers y que a mí me emocionó, y me di cuenta que al resto de los críticos serios también los emocionó, dije “quizás, también uno puede dedicarse a la creación que uno quiere, no solamente siguiendo los patrones que ya existían” y que no me convenía copiar a Borges ni a Donoso, sino que buscar mi propio estilo.

Quizás, si Fuguet tuviera hoy 20 años nunca escribiría un libro. Sería un Ariel Roth. Bajaría películas todo el día y estudiaría cine. Grabaría películas con su celular o con una cámara barata. La literatura sería un pasatiempo. Mala Onda sería una película de garaje y Sobredosis un grupo de cortometrajes grabados con un I-Phone.

En un momento pensé en “¿cómo hago guiones, cómo hago películas en un país donde no hay cine, donde hay dictadura, no hay escuelas de cine, no hay cámaras?”. Y yo creía que el cine era para la gente suertuda que había nacido donde yo me había criado, y es como que más rabia me daba. Todos mis compañeros iban a estar ligados al cine y yo vivía en el puto Chile. Capté que la verdad importante del cine no eran las estrellas de cine, ni las limusinas, sino que era contar historias, y que quizás yo podía hacer mis propias películas por escrito y no tenía que pedir plata. Y de alguna manera Mala Onda y Sobredosis surgieron como posibles cortos. Hoy tengo muy claro que si tuviera 20 años hubiera estudiado Comunicación Audiovisual y Mala Onda hubiera sido una película. Sin Pablo Cerda. O como Pablo Cerda de papá.

 Sobre Música Campesina en El festival de cine

 de Valdivia:

Además de ganar el premio al mejor largometraje nacional en Valdivia, Música Campesina se llevó el premio Movie City, que le da distribución en toda Latinoamérica. Son más de 6 millones de espectadores, quienes de México hasta Chile podrán ver la película. ¿Qué significa para ti y tu equipo este premio?
Es bueno como por cinco lados. Todo esto tiene que, como todas las profesiones del mundo, supongo, todas las industrias, es muy difícil romper la barrera para entrar. Y después es muy difícil salirse. Como El Padrino: “Cuando me quiero salir, me empujan para entrar” dice Al Pacino. Movie City permite entrar al mundo del cable, que es súper difícil meterse. En HBO, Movie City, Showtime, son películas que el 90% son de Hollywood y el resto es gente que se conoció en festivales. Ganamos por programadores que se dedican a ver qué es lo que quiere la gente, o qué puede funcionar en América Latina. Les encantó, y podemos entrar al mundo más corporativo, sobre todo con una película tan chica y tan garaje como ésta. Ojalá Velódromo tenga esa oportunidad. Además el premio incluye U$ 30.000. O sea, te pagan un precio bastante alto por la película, que probablemente si la hubiéramos negociado por nuestra parte sería bastante menos. Y para mí esos dólares no implican comprar un nuevo auto, o renovar tu vestuario. La plata de Movie City es para nosotros, para nuestra caja, para que pueda seguir viviendo Cinepata.com y con eso pagamos buena parte de lo que necesitamos para filmar nuestra próxima película, que sería una película un poco más cara, pero que queremos mantenerla dentro de los límites de lo normal. De lo normal para  nosotros. Yo no quiero hacer una película de U$500.000, quiero pasar de 20 a 50. Ahora, esos 50 no los quiero porque quiero comer mejor en el set, o quiero viajar en business, sino porque quiero filmar en la selva peruana, tengo que llevar gente a Perú, tengo que alojarlos en moteles, en hoteles, por lo tanto es más caro que hacer una película en Santiago.

Si le preguntas algo a Fuguet él te responde sin tapujos. Ya no le tiene miedo al qué dirán. Se me ocurre que ya pasó por eso. Incluso, parece que ni siquiera les tiene miedo a las críticas. Ya lo han hecho bolsa. Lo han elevado y lo han dejado caer varias veces. Viene de vuelta, quizás.

Alberto, cuéntame un poco sobre tu nuevo proyecto cinematográfico en Perú
Hay una invitación de Perú, incluso anterior a la de Nashville, pero que me costó mucho tomar la decisión. Porque me daba miedo. Porque me da mucho miedo artísticamente filmar o escribir sobre lugares que no conozco y odio las películas que yo llamo “de turistas”. Me cargan los estereotipos. Lo que Héctor Soto llama “la maldita mirada del turista”, el que ve pero no entiende. Mientras pensaba qué filmar en la selva peruana, en el Amazonas, apareció esto de Nashville. Ahora me siento mucho más cómodo, después de haber filmado en otro país, incluso en otro idioma, y creo que sí lo puedo hacer en Perú.

He hablado con algunos peruanos, leído los medios de allá y te estiman mucho
Es mutuo. Yo creo que, como dicen algunos rockeros “Dios inventó el extranjero para los artistas” no para crear las Naciones Unidas. El hecho de que existan muchos países sólo provoca problemas económicos, guerras, celos. Si el mundo fuera un solo país sería, quizás, todo más fácil de manejar. Pero, a nivel artístico, el hecho de que existan países distintos es súper cool, porque implica que uno puede tener lugares en donde te quieran más que en tu país de origen. Y existe esa famosa talla norteamericana que dice “no soy famoso aquí, pero en Japón me quieren”. Y eso casi se da en todas las obras y todos los artistas. Yo tengo la suerte que con Chile hay un lazo súper bueno –no es perfecto, y no tiene porqué serlo-. Yo no estoy esperando el Premio Nacional, que nunca me lo van a dar y no lo espero, pero es agradable tener un país donde uno sienta que si el día de mañana hay una catástrofe o si se pone demasiado desagradable te puedes ir. Lo que pasó con Perú fue muy sincero, muy raro. Fue el primer país que me leyó, el primer país al que di una entrevista, vino un peruano en bus a Santiago y me entrevistó para un diario y ahí empezó. No fue un país que yo traté de conquistar o un país que traté de seducir. Ellos se acercaron a mí y de nuevo se acercan a mí, y yo me siento súper ligado, y ellos después quisieron hacer una película basada en un libro mío (Tinta Roja) y ahora yo quiero filmar ahí. Además, mi escritor favorito latinoamericano es Mario Vargas Llosa.

Esta entrevista se nos alargó. Hablamos por Skype prácticamente una hora, la que se pasó volando. En un principio la idea era sólo hablar sobre Música Campesina, pero la conversa se nos alargó. El primer libro que leí sin que me obligaran fue Mala Onda, a los 17. Estaba entre los libros de mi tío y no pude dejarlo hasta el final. En los libros del colegio nadie hablaba de masturbarse, ni de cocaína. Ni siquiera hablaban de nosotros. Un libro era algo lejano, de otra época, de realidades paralelas, casi. Hace un tiempo, alguien que conoció a Fuguet cuando joven me dijo que Fuguet lo había leído todo. Quizás no todo de forma literal, pero sabe de todas las corrientes literarias y no le hace asco a ningún tipo de libros. Él siempre te dirá que sabe mucho menos de lo que realmente sabe. Así es él.

Leer.
Acabo de leer un libro, que me pareció entrañable, que se llama “Hermano ciervo”, de Juan Pablo Roncone. Me pareció precioso. Me pareció un libro de cuentos que se puede unir como novela. Es un libro que uno piensa “este libro se podría filmar”.

Ser Fan.
Me parece que una de las cosas claves en un escritor y en un cineasta, o en lo que yo soy (la palabra todavía no existe, supongo que tú la vas a inventar y después yo la podré usar. Narrador me parece un poco fome, pero supongo que soy un narrador). Creo que es clave y es menester, y es algo muy muy importante, tener curiosidad y ser fan. Como dice Mike Patton, “yo antes que músico soy fan, y si yo soy lo que soy es porque primero soy fan, si yo creo que soy el único huevón que vale la pena en La Tierra; mal”.

Autores chilenos nuevos.
De los escritores nuevos chilenos, trato de leerlos. Es interesante saber lo que se está haciendo, tampoco es una obligación. No creo en eso de pensar que lo último bueno que ha salido en Chile ha sido Donoso o, peor: yo. Pero los he leído a todos. Me encanta Zambra, tanto así que yo quería filmar Bonsái, pero Zambra no me dejó. Con esa película tengo mucha curiosidad y le he deseado toda la suerte a Cristián Jiménez, pero reconozco mi pica de que me hubiera gustado filmarla. Ahora, como ocurre en el mundo, como ocurre en el teatro y en la música, el día de mañana a lo mejor se podría volver a filmar.

Me gusta Diego Zúñiga, me gusta Antonio Díaz Oliva. Pienso que alguien bien jugada y que tenemos hartas cosas en común es María José Viera-Gallo. Yo presenté Memory Hotel, que es un libro que tiene muchos puntos en contacto con Música Campesina, o sea sobre chilenos en el extranjero. Y no chilenos exiliados, sino que chilenos loosers, hipsters, que creen que porque viven en Nueva York van a ser cool, y se dan cuenta que son unos loosers mucho peores de los que se quedaron acá. Y ahora me conmovió el libro de Roncone, para qué te voy a mentir. Y siento que tenemos cosas en común. Son personajes que los puedo entender y me caen bien.



¿En la Feria del Libro vas a estar o no te interesa?
No me interesa, pero voy a estar. Es como el mall: no me interesa pero hay que ir. Estás obligado, la editorial se la juega y además se hizo una edición muy bonita, muy cool, muy de colección de Mala Onda y la vamos a presentar ahí. Porque Mala Onda cumple veinte años, entonces van a hacer un libro tapa dura, un Mala Onda para aquellos que ya lo han leído. Dicen que están haciendo un documental, y lo vamos a leer, vamos a hablar de la génesis del libro.

El otro día estaba en la Feria permanente del libro usado, de Manuel Montt, y encontré una copia de La azarosa y sobreexpuesta vida de Enrique Alekán, libro que denuestas.
No lo denuesto tanto. Lo encuentro feo. Y, además, lo que a mí me molesta –y me doy cuenta que es parte de mi personalidad-, y que me pasa incluso con Se Arrienda, es que cuando uno no se siente dueño del lugar, de la obra entera en todos los ángulos, se producen roces. Por ejemplo, a mí no me gusta el afiche de Se Arrienda, no me gustó la gala de lanzamiento de Se Arrienda. Reconozco que fue buena, porque fue mucha gente, pero yo no la hubiera hecho así. En cambio en Música Campesina yo me siento tranquilo y cómodo con cómo está funcionando. Y lo que ocurrió con Enrique Alekán es que se vendió en las bombas de bencina, tenía dibujos. Pero ahora te cuento un adelanto, va a salir durante el 2012, a través de la Universidad Diego Portales, una edición más seria. Sin dibujos y que se pueda leer más literariamente, más que como fenómeno pop. En ese momento Alekán era muy grande, me caía mal, porque era más famoso que yo. No eran celos de fama que me asustaran, sentía que ¿por qué todos querían a Alekán y no me querían a mí?, cuando a mí Alekán me parecía un poco huevón.

Esto ya te lo han preguntado, pero lo hago otra vez: ¿De McOndo sacarás una re-edición?
No, nunca. Lo que sí estoy dispuesto, porque ya está en la red, es que en una próxima re-edición de Primera Parte agregar el famoso prólogo. Primero, me parece divertido que no todos los libros puedan aparecer. Ahora, con internet igual van a estar. Es un libro que me trajo harto dolor, entonces me da lata recordar el dolor. Si bien, después me dio muchos más beneficios, pero yo soy del tipo de personas que recuerda más el dolor que el cariño. Es verdad que ahora Missing es un libro súper aplaudido, dicen que es un libro como McOndo, pero el 96 a mí me dieron como caja, sobretodo en el extranjero más que acá en Chile. O sea, trataron al libro de fascista, de imperialista. Tampoco el libro me gusta demasiado. El cuento mío lo rehíce y está en otro libro, se transformó en Road Story y muchos autores que eran parte del libro nos les gusta tampoco. Para mí, no sé si fue doloroso, pero fue decepcionante el que gente que yo sentía más cercana se enojaron conmigo porque leyeron el prólogo y ellos sentían que no estaban de acuerdo con esa ideología, porque les daba mucho miedo insultar al maestro García Márquez. En cambio sí, un tipo que apenas conocía, que conocía sólo por internet, ahora es mi mejor amigo escritor, que es Edmundo Paz Soldán.

La obra literaria de Fuguet cuenta con una gran cantidad de reediciones. Mala Onda y Sobredosis son libros obligatorios en la enseñanza media chilena  (algo impensado para mí y mi educación católica de hace 10 años). Si los devedés y los discos incluyen extras ¿por qué no incluir un bonus track a una nueva edición de Mala Onda?

Yo no creo mucho en los extras. En ese sentido soy súper anti Fresán. No es que sea anti Fresán, pero creo que con los libros se han cometido excesos en la medida que la tecnología lo permitió. Yo mismo me he quedado pegado viendo los making of y no viendo la película, y creo que eso no puede ser. Creo que algunas cosas hay que mantenerlas en el misterio y creo que los libros y las películas tienen algo de ser postales del momento que tú lo hiciste, como las fotos. Creo que si tú tenías mal acné, y un peinado horroroso, no sabías vestirte a los 20 años, y te gustaba Abba, tienes que hacerte cargo de eso. Si en tu primer libro hay algo de eso, tienes que asumirlo. Como la primera película de Woody Allen eran puros chistes tontos. De hecho, te puedo adelantar que en Mala Onda 20 años, tiene 3 palabras menos. O sea, no tiene bonus, tiene palabras menos, que no te voy a decir cuáles son y tampoco nadie se va a dar cuenta. Y sacamos errores de puntuación y de comas porque ese libro tuvo un parto bastante duro y después nunca realmente se corrigió, entonces se limpió bien todo lo que es gramática y ortografía y motes y aproveché de sacar tres o cuatro palabras. Y logré tratar de meter lo que no me dejaron meter en su momento, pero que no eran palabras o párrafos. A mí me gusta escribir mucho con puntos aparte, y el editor en ese momento me decía que no, que no se podía escribir así y que aumentaba la cantidad de hojas. Y yo ahora escribo como me dé la puta gana, pero claro, en esa época me daba miedo y no me atrevía a contestarle a mi editor. Hoy tengo un agente que me defiende. TZ
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